Chemsex y masculinidad: cómo los mandatos de género influyen en el consumo dentro del colectivo gay
- Maria Joaquina Rocuant Rodriguez
- 16 ene
- 3 Min. de lectura
El chemsex es un fenómeno que no puede entenderse únicamente como consumo de sustancias en contextos sexuales. Se trata de una práctica atravesada por factores culturales, sociales y emocionales que tienen una relación directa con la masculinidad, los mandatos de género y el modo en que muchos hombres, especialmente dentro del colectivo gay, han aprendido a vincularse con el deseo, el cuerpo y la validación. Analizar el chemsex desde esta perspectiva permite comprender por qué no es un comportamiento aislado, sino una respuesta a presiones estructurales profundamente normalizadas.
La masculinidad hegemónica sigue imponiendo ideales rígidos basados en la fortaleza, el control, la autosuficiencia y la negación de la vulnerabilidad. Desde edades tempranas, muchos hombres aprenden que sentir, dudar o mostrarse frágiles es sinónimo de debilidad. Esta socialización genera una desconexión emocional que suele derivar en ansiedad, soledad y malestar interno. En este contexto, el chemsex aparece con frecuencia como una forma de automedicación emocional, un recurso para silenciar aquello que no encuentra un espacio legítimo de expresión.
Dentro de las dinámicas del chemsex, las sustancias cumplen además una función clave en la construcción de un yo idealizado. Bajo sus efectos, desaparecen temporalmente la inseguridad, el miedo al rechazo y la sensación de no ser suficiente. Se sostiene una fantasía de potencia sexual constante, donde el cuerpo parece no fallar, no cansarse y no necesitar pausas. Esta experiencia conecta directamente con modelos de masculinidad heteropatriarcal que vinculan el valor personal al rendimiento, el control y la capacidad de sostener el deseo del otro sin fisuras.
Estas exigencias no solo provienen del exterior, sino que también operan dentro de la propia comunidad gay. A pesar de los discursos de diversidad, persiste una fuerte presión por cumplir con una masculinidad considerada “aceptable”: cuerpos musculados, actitudes dominantes, voz grave y rechazo de las expresiones asociadas a lo femenino. Este fenómeno, conocido como “hetero-test”, penaliza la pluma y la sensibilidad, y establece jerarquías dentro del mercado del deseo. En este escenario, el chemsex puede funcionar como un espacio donde reafirmar una virilidad deseable, utilizando el consumo para alcanzar un rendimiento sexual alineado con estas expectativas normativas.
Al mismo tiempo, el chemsex opera como una forma de anestesia emocional. La educación masculina tradicional sigue transmitiendo la idea de que “los hombres no lloran”, lo que lleva a muchos a desarrollar auténticas armaduras afectivas. El consumo permite apagarse, doblarse o desconectarse del dolor asociado a traumas, rechazos o experiencias de exclusión previas. Aunque facilita una sexualidad más desinhibida, suele hacerlo desde una profunda escisión entre sexo y afecto, ya que la intimidad emocional continúa percibiéndose como una amenaza al control y a la identidad masculina.
Frente a este modelo, los enfoques profeministas y antisexistas proponen una deconstrucción profunda de la masculinidad, no solo en términos de poder sobre otros, sino también de la violencia ejercida hacia uno mismo. Apostar por masculinidades alternativas implica recuperar la empatía, el cuidado y la capacidad de reconocer límites. Desde abordajes terapéuticos como el grupoanálisis, se trabaja la posibilidad de aprender un “lenguaje de lo sensible”, que permita habitar el cuerpo desde la vulnerabilidad y no desde la exigencia permanente de potencia. Pensar el chemsex desde esta mirada estructural no busca moralizar ni señalar, sino abrir preguntas necesarias: quizás el verdadero cambio no pase solo por dejar de consumir, sino por cuestionar los modelos de masculinidad que empujan a muchos hombres a exigirle al cuerpo lo que nunca se les permitió sentir ni expresar.



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